lunes, 11 de octubre de 2010

ELA ( III )


Y después empiezas a hacerte esas mil preguntas. ¿Había estado siempre ahí? ¿Era todo mentira? ¿Qué fue de sus palabras? ¿Realmente eras tú ahora o fue ella siempre?
En mi caso, creo que la presencia de X en aquel determinado momento fue un gran alivio a la larga. Llegó justo para hacerme sentir nada, pero para darme cuenta meses después de que era mucho más que todo lo que creía ser. El tiempo en que X aún no estaba en el mapa, me había hecho creer en eso que llaman amor, después de darlo por perdido hacía años. Había vuelto a sentir el recorrido de los escalofríos que iban desde el borde de mi oreja hasta el lunar de mi talón, cuando él se acercaba lentamente para rozarme con palabras envueltas en su aliento. Durante más de un mes, aquella maldita sonrisa estúpida que embellece rostros como ningún otro maquillaje, jugaba en mi cara, saliendo a flote y sin más, mientras caminaba con una imaginaria banda sonora a mis espaldas. Vivía en constante frenesí de película romántica, con las temidas y famosas mariposas en el estómago, y esa angustia flotante por el miedo a perderlo.
A escasos centímetros de sus labios, rozando el helor de la punta de su nariz y frente con frente, nos encontrábamos en el famoso coche que había vuelto mis días en retos de búsqueda desesperada para verlo aunque fuera un segundo a toda velocidad, o simplemente para saber que estaba en casa, a unos metros de mí. El vaho de los cristales nos envolvía en la oscuridad de la noche, y el ruido de la lluvia que lloraba el cielo negro con toques anaranjados, acompañaba el compás de nuestra respiración agitada. A aquella distancia de su boca, a un parpadeo de besarnos, y tras esa llamada desesperada minutos atrás, me di cuenta de lo miserable que podía llegar a ser aquel traidor.
La tensión de un beso suspendida en el aire, duró más de lo previsto. No estaba dispuesta a dejar que aquel mendigo de sexo gratuito, descifrara el secreto de mis labios. No estaba escrita en ningún lugar visible de su rostro la palabra piedad. Por tanto, el juego acababa de empezar.

El León Azul
Marina L.

viernes, 27 de agosto de 2010

ELA ( II )


Tres, un número peligroso, casi tanto como ese cariño temerario que desprendía sin quererlo. Aquel que se me había resbalado de entre las manos y había dejado suelto, azotando almas y arrebatando ilusiones. En definitiva, un cariño asesino que estaba deseando matar a besos a todo aquel que le mostrara un apéndice de afecto. Entonces, entraba en juego el número tres.
Nunca le llamé Amor, no me atreví a ponerle ese nombre que conlleva locuras entre sus sílabas, pero llegué a plantearme si Obsesión habría sido el apelativo más idóneo. De todas formas no fui capaz de nombrarlo, asique seguí llamándolo Cariño. Cariño, él y yo. Una simple regla de tres en la misma frase, por lo que no podía faltar X.
Sus palabras retumbaron en mis oídos cuando las leí en voz alta por tercera o cuarta vez. Se notaba la tristeza entre sus letras y el temor en mi voz, que vibraba al compás de la incertidumbre que marcaba aquella situación. “Debo contarte algo cuanto antes.”
Quise llegar antes, sólo para poder verle de lejos. Tenía demasiado frío, pero no me importaba esperar sentada en aquel banco de piedra a que llegara en su coche para resguardarnos del helor de la noche. Lo vi al final de la calle, atravesando las piedras que adornaban los jardines de la zona. Había venido andando, por lo que deduje que el frío tan sólo acababa de empezar.
Su silueta se recortaba bajo la claridad parpadeante que ofrecía la farola situada a unos metros de donde nos encontrábamos el miedo y yo. Envuelto en un abrigo negro y prácticamente camuflado en la oscuridad, se acercó lentamente y me arropó, entrelazando sus dedos por detrás de mi cintura. No quería que abriese la boca, no quería que me contara nada de lo que pasaba, quería vivir para siempre en ese momento. Un silencio tan abrumador que en mi mente sonaba melancólico nos acogía; el olor de esa colonia que conseguía erizarme aún cuando él no estaba, rozaba mi pelo; y sus labios tan cerca de los míos eran el resurgir de mi lado más inconfesable. Pero su mirada de hielo roto, atravesada de tristeza, hacía añicos todos los esquemas de lo que habría sido la noche más cálida en pleno invierno.
De la mano, sin poder soltarme de la suya, y en ese banco de piedra helado fue la primera vez que morí por unos segundos. Ahora también jugaba X.

El león azul

Marina L.

viernes, 30 de julio de 2010

ELA ( I )


Tenía demasiado cariño al alcance de sus manos. Era peligroso saber que lo había dejado al descubierto; vale que fuera verano, pero no estaba acostumbrado a pasear a la intemperie y podría caer enfermo en cualquier momento, quemado por unos rayos de sol demasiado intensos o dañado por la fuerza de un cuerpo ajeno que le rozara sin quererlo.
“Ten cuidado con lo que deseas”, recuerdo que me susurró antes de marcharse en su coche, ese que buscaba hasta en sueños, el que día tras día creía encontrar en cualquier parte, sólo para poder verle a él aunque fuera cosa de un segundo. Pero no le había hecho caso, no le encontraba sentido a temer aquello que tanto quieres, hasta esa tarde.
En bandeja, así era como tenía servido todo lo que llevaba dentro. Había deseado querer, poder querer a alguien, y ahora estaba sufriendo aquel maldito deseo en las entrañas. Ardía, pero no más que sus manos a un centímetro de las mías, no más que sus ojos perdidos en la nada, no más que aquellas palabras que estaba deseando callar con un beso. El viento dulce de verano soplaba batiendo mi pelo y agitando mis latidos, haciendo un cocktail sólo apto para mayores de edad. Alcohólica es lo que era en ese momento, una loca de atar que había dado todo por perdido y se había tirado a la bebida de sus labios, contagiándose de la estupidez que padecen los borrachos de amor.
Sabía que no podía quererlo, no por aquel entonces, pero era imposible controlar aquello que me salía fortuitamente, como si todo aquel cariño hubiera cobrado vida y desfilara por las calles, dejándose ver más de la cuenta. Pero ese cariño era débil ante cualquier adversidad, más bien ante cualquier gesto que acariciara su talón de Aquiles, o ante toda su persona en sí, para qué engañarnos. Un cariño peligroso, pues estaba deseando ser calmado por abrazos, besos o palabras, no le importaba, aunque en ello se llevara la vida, desgraciadamente, no sólo la suya y, por ende, la mía.

El León Azul

Marina L.

martes, 29 de junio de 2010

Hibernar: con H y con B.


Las obras maestras no existen. Y los humanos las buscan sin cesar.
No podemos negarlo, vivimos buscando la perfección, lo soñado tantas noches, bien mientras tus pestañas se entrelazaban forjando la cerradura de tus párpados, bien mientras tus ojos dejaban pasar la luz, clavados en un punto fijo, ausentes y ajenos a todo. Dormidos o despiertos, soñamos con alcanzar lo imposible.
Probablemente pensarás que me equivoco y que sí existen obras maestras. ¿Los clásicos literarios, por ejemplo? No, ni el Quijote ni Hamlet lo son, y mucho menos lo fueron. Te puedo asegurar, gracias a este sentimiento innato que me regala el olor a tinta y el sonido de las palabras, que ni Cervantes ni Shakespeare, ni el más famoso escritor; cineasta; deportista; ni tú, ni nadie ha encontrado su obra maestra. Nunca será perfecta, siempre habrá algo por lo que nos parezca insuficientemente buena, y entonces seguimos buscando, seguimos soñando. La esperanza siempre seguirá anclada en nuestro ser, no podemos evitarlo.
Pero en esa incesante búsqueda desesperada por encontrar la puerta a la felicidad, no nos damos cuenta que nadamos en círculos cada vez más cerrados, derrapando y volando bajo, dejándonos los bajos; los labios; los besos; las ganas y la ilusión. Una nube de humo nos venda los ojos y llegados al final, chocamos contra el muro de la realidad, sin nada que nos proteja y sin poder ver bien lo sucedido. Entonces, todo vuelve a empezar.
“Un poco bebida y atiborrada a tabaco”, así comenzó todo y así sigo hoy. Recuerdo aquella primera noche en la que me sentí impulsada a coger esta libreta y un bolígrafo, el optimismo inundaba la tinta que plasmaba con rapidez, las palabras nacían y revoloteaban por el papel, cual mariposa recién salida del capullo, torpes pero seguras.
Hacía tiempo que no me dejaba ver, más bien leer, no sé si por aquello a lo que llamé miedo; si por tantas frustraciones como he contado; si por esos amores y desamores de película vividos a través de un cristal o si fue por todos los desbarajustes que escriben mi vida; pero desistí y dejé de buscar entre estas paredes las esquinas por las que encontrar y enhebrar mi obra maestra.
Esta noche he vuelto a sentir la necesidad de notar el roce del papel en mis manos y la humedad de la tinta en mis nudillos, sólo para decir una palabra: Adiós. Sí, es una despedida, aunque más que “adiós”, me gustaría llamarlo “hasta luego”. No sé a dónde voy ni a dónde llegaré, tan sólo tengo claro que todo este tiempo vivido a través de la ventana ha acabado.
Nuestra obra maestra no se encuentra encerrada entre cuatro paredes ni en una piel, ni siquiera en dos. Es un alma libre. Dejemos de encerrarnos en la perfección, pues es la que no nos permite ver nuestra verdadera excelencia, el culmen de nuestra obra.
Enfrentarme al mundo, eso es lo que haré. Ya estoy cansada de hibernar.

HB
Marina L.

domingo, 23 de mayo de 2010

XI.


Vale, lo admito. Me hace gracia. Me hace gracia ver cómo te arrastras, cómo sueltas tu melena y te crees mejor que nadie, cómo ha subido tu falso ego en un minuto, cómo aquellas lágrimas que prometiste fueron menos hipócritas que tú, en cuando a su amor.
Mira, no es por meterme en la vida ajena, pero esto me incumbe a mí también. Si eres la mejor, la insuperable, la más guapa, la más alta… ¿por qué copias? No puedes dedicarte a ser tú misma, ¿sabes por qué? Porque en realidad no sabes quién eres. No sabes que tras esa bonita fachada, llena de tu fiel amigo el maquillaje, no hay más que papeles en blanco, no hay nada más que una transparencia innata que deja entrever todas tus carencias. Cariño, el tinte no pinta tu falta de personalidad.
Te daré un consejo, deja de lado toda esa ropa de marca “Envidia” que tanto te gusta vestir, te saldrá más rentable. Estamos en crisis, recuerda.
Pero tranquila, no te creas otra vez la protagonista, hoy no sólo tengo palabras para ti. También voy a encargarme de él, ese insulso que, al contrario que tú, no se arrastra, pues es demasiado para hacer eso. Es tan perfecto, tan guapo, tan “listo” (anda, mira ¡cómo tú!), tan capaz de hacer una cola de chicas tales como tú a sus pies, tan cabrón. Pero lo que más te gusta es lo rebelde que es siempre, lo “guay” que es cuando está con sus amigos, la manera indiferente con la que te trata y todos esos estufidos que te da. Te gusta lo machote que es, pues puede beberse veinte cubatas en una noche y luego coger el coche; porque puede pasarse una tarde entera fumando mierda con sus amigos y luego decirte cuánto te quiere. Qué triste que el olor a porro te recuerde a él.
Pero lo sabes. Sabes que te encanta y sabes que puede cambiar esos “pequeños detalles” en un futuro. ¡Aún es joven! No te preocupes amiga, claro que sí, el puede enamorarse de ti. Pero, por favor, no dejes a las demás mujeres rozando el suelo. Creo que aún existe algo de eso que llaman dignidad, ¿recuerdas?
Sí, es una especie en extinción.

HB
Marina L.

miércoles, 19 de mayo de 2010

X.


Bienvenida al mundo otra vez. Al fin he regresado, estaba segura de que esas semanas no durarían para siempre- o al menos sólo me quedaba que esa esperanza fuera cierta-. Sí, ahora puedo admitir que tuve miedo. No me enfrenté a esta libreta por falta de tiempo, sino por el miedo que sentía y que no podía identificar. Era incapaz de pensar acerca de mí, de lo que me estaba pasando, de lo que sentía. No lograba entenderme, estaba mal y no sabía, o más bien, no quería saber el por qué.
No tenía fuerzas, era como ir drogada a base de calmantes todo el día, como despertar después de una dosis de anestesia general. La Ley de Murphy era entonces mi ley de vida: si algo puede salir mal, saldrá mal. Lloraba sin más, las lágrimas fugitivas de mis ojos corrían a sus anchas por mi cara y me empapaban la almohada, cuando no, la montaña de folios con trabajos a medio hacer, que inundaba mi escritorio.
La agenda, siempre abierta encima de la mesilla, rebosaba de tachones rojos; de advertencias en amarillo chillón; de letras, números y siglas en lápiz; de frases sin sentido bordeando el papel y dibujando el orden más caótico. Y aún con esa esquinita troquelada que estaba deseando quitar. Esos trozos de papel, casi rotos por el peso de la tinta, eran los que más disfrutaban de mi mirada histérica. Eran el refugio de mi nerviosismo, la medicación que me ofrecía un resquicio de tranquilidad; aparte de mis famosas pastillas para la ansiedad. Sí, han vuelto, junto a la hiperventilación.
En realidad, no quería enfrentarme a mí misma. Temía poder topar con algo verdaderamente peor que todo aquel desastre superficial, porque en el fondo sabía que había algo en mi cabeza. Tal vez anhelos, tal vez recuerdos, quizá añoranzas de lo nunca tenido. De todas formas, me encontraba demasiado débil para averiguarlo.
Había perdido, incluso, la escasa confianza en mí, que poco a poco iba logrando. No era capaz, ni siquiera de coger un bolígrafo y escribir una sola frase. Nada valía, todo estaba mal.
Hoy aún queda algo de esa sensación, pero por fin he tenido el valor de sentarme a escribir estas banalidades de altas horas.
Perdonadme, se llama bloqueo emocional.

HB
Marina L.

domingo, 2 de mayo de 2010

IX.


Me costaba enfocar con la vista mi propia letra en el papel. Había estado todo el día delante de la pantalla del ordenador, mirando pero no viendo. Me metí en mi mundo abstracto aunque melancólico. Tan sólo me apetecía escuchar canciones con tonos graves y notas lentas, ver películas sin más efectos especiales que un beso.
Era un típico domingo de esos en los que no haces nada, que está nublado y no te levantas del sofá. Los domingos que mucha gente adora. Para mí son repugnantes. Malgastas un día de tu vida a la semana, que encima es festivo. Nunca lo entenderé.
Odio esos domingos porque, en mi vida, son los días tristes, los días en los que aflora la soledad de una manera que resulta incluso palpable. Son los días de recuerdos, de anhelar lo que fue, lo que perdiste y lo que no tienes. También días de envidia, cuando ves a familias felices vestidas de domingo, a parejas celosas del tiempo, a los novios de la Iglesia.
Pero ya ves, odiaba esos domingos de no hacer nada y ahí estaba yo, creando la hipocresía esclafada en una silla y con los ojos haciendo chiribitas. La verdad es que no tenía fuerzas como para ponerme a actuar, ni si quiera fuerzas para escribir.
Necesitaba llorar, tan sólo quería un día para llorar por nada. Lo necesitaba. Quería dejar mis lágrimas libres, sin dar ninguna explicación. Acurrucarme en la cama entre suspiros. Empapar pañuelos de nostalgias.
Es extraño, lo sé. Pero no puedo explicarlo. Verás, en mi vida hay días amarillos, esos en los que me siento yo, cuando sé que no hay nada más en mí que yo misma; días grises, en los que, como su propio nombre indica, mi vida no es más que una nube gris. También días blancos, que son y no son, esos en que no pasa absolutamente nada ni si quiera por tu cabeza. Y los domingos.

HB
Marina L.
 

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