martes, 29 de junio de 2010

Hibernar: con H y con B.


Las obras maestras no existen. Y los humanos las buscan sin cesar.
No podemos negarlo, vivimos buscando la perfección, lo soñado tantas noches, bien mientras tus pestañas se entrelazaban forjando la cerradura de tus párpados, bien mientras tus ojos dejaban pasar la luz, clavados en un punto fijo, ausentes y ajenos a todo. Dormidos o despiertos, soñamos con alcanzar lo imposible.
Probablemente pensarás que me equivoco y que sí existen obras maestras. ¿Los clásicos literarios, por ejemplo? No, ni el Quijote ni Hamlet lo son, y mucho menos lo fueron. Te puedo asegurar, gracias a este sentimiento innato que me regala el olor a tinta y el sonido de las palabras, que ni Cervantes ni Shakespeare, ni el más famoso escritor; cineasta; deportista; ni tú, ni nadie ha encontrado su obra maestra. Nunca será perfecta, siempre habrá algo por lo que nos parezca insuficientemente buena, y entonces seguimos buscando, seguimos soñando. La esperanza siempre seguirá anclada en nuestro ser, no podemos evitarlo.
Pero en esa incesante búsqueda desesperada por encontrar la puerta a la felicidad, no nos damos cuenta que nadamos en círculos cada vez más cerrados, derrapando y volando bajo, dejándonos los bajos; los labios; los besos; las ganas y la ilusión. Una nube de humo nos venda los ojos y llegados al final, chocamos contra el muro de la realidad, sin nada que nos proteja y sin poder ver bien lo sucedido. Entonces, todo vuelve a empezar.
“Un poco bebida y atiborrada a tabaco”, así comenzó todo y así sigo hoy. Recuerdo aquella primera noche en la que me sentí impulsada a coger esta libreta y un bolígrafo, el optimismo inundaba la tinta que plasmaba con rapidez, las palabras nacían y revoloteaban por el papel, cual mariposa recién salida del capullo, torpes pero seguras.
Hacía tiempo que no me dejaba ver, más bien leer, no sé si por aquello a lo que llamé miedo; si por tantas frustraciones como he contado; si por esos amores y desamores de película vividos a través de un cristal o si fue por todos los desbarajustes que escriben mi vida; pero desistí y dejé de buscar entre estas paredes las esquinas por las que encontrar y enhebrar mi obra maestra.
Esta noche he vuelto a sentir la necesidad de notar el roce del papel en mis manos y la humedad de la tinta en mis nudillos, sólo para decir una palabra: Adiós. Sí, es una despedida, aunque más que “adiós”, me gustaría llamarlo “hasta luego”. No sé a dónde voy ni a dónde llegaré, tan sólo tengo claro que todo este tiempo vivido a través de la ventana ha acabado.
Nuestra obra maestra no se encuentra encerrada entre cuatro paredes ni en una piel, ni siquiera en dos. Es un alma libre. Dejemos de encerrarnos en la perfección, pues es la que no nos permite ver nuestra verdadera excelencia, el culmen de nuestra obra.
Enfrentarme al mundo, eso es lo que haré. Ya estoy cansada de hibernar.

HB
Marina L.

domingo, 23 de mayo de 2010

XI.


Vale, lo admito. Me hace gracia. Me hace gracia ver cómo te arrastras, cómo sueltas tu melena y te crees mejor que nadie, cómo ha subido tu falso ego en un minuto, cómo aquellas lágrimas que prometiste fueron menos hipócritas que tú, en cuando a su amor.
Mira, no es por meterme en la vida ajena, pero esto me incumbe a mí también. Si eres la mejor, la insuperable, la más guapa, la más alta… ¿por qué copias? No puedes dedicarte a ser tú misma, ¿sabes por qué? Porque en realidad no sabes quién eres. No sabes que tras esa bonita fachada, llena de tu fiel amigo el maquillaje, no hay más que papeles en blanco, no hay nada más que una transparencia innata que deja entrever todas tus carencias. Cariño, el tinte no pinta tu falta de personalidad.
Te daré un consejo, deja de lado toda esa ropa de marca “Envidia” que tanto te gusta vestir, te saldrá más rentable. Estamos en crisis, recuerda.
Pero tranquila, no te creas otra vez la protagonista, hoy no sólo tengo palabras para ti. También voy a encargarme de él, ese insulso que, al contrario que tú, no se arrastra, pues es demasiado para hacer eso. Es tan perfecto, tan guapo, tan “listo” (anda, mira ¡cómo tú!), tan capaz de hacer una cola de chicas tales como tú a sus pies, tan cabrón. Pero lo que más te gusta es lo rebelde que es siempre, lo “guay” que es cuando está con sus amigos, la manera indiferente con la que te trata y todos esos estufidos que te da. Te gusta lo machote que es, pues puede beberse veinte cubatas en una noche y luego coger el coche; porque puede pasarse una tarde entera fumando mierda con sus amigos y luego decirte cuánto te quiere. Qué triste que el olor a porro te recuerde a él.
Pero lo sabes. Sabes que te encanta y sabes que puede cambiar esos “pequeños detalles” en un futuro. ¡Aún es joven! No te preocupes amiga, claro que sí, el puede enamorarse de ti. Pero, por favor, no dejes a las demás mujeres rozando el suelo. Creo que aún existe algo de eso que llaman dignidad, ¿recuerdas?
Sí, es una especie en extinción.

HB
Marina L.

miércoles, 19 de mayo de 2010

X.


Bienvenida al mundo otra vez. Al fin he regresado, estaba segura de que esas semanas no durarían para siempre- o al menos sólo me quedaba que esa esperanza fuera cierta-. Sí, ahora puedo admitir que tuve miedo. No me enfrenté a esta libreta por falta de tiempo, sino por el miedo que sentía y que no podía identificar. Era incapaz de pensar acerca de mí, de lo que me estaba pasando, de lo que sentía. No lograba entenderme, estaba mal y no sabía, o más bien, no quería saber el por qué.
No tenía fuerzas, era como ir drogada a base de calmantes todo el día, como despertar después de una dosis de anestesia general. La Ley de Murphy era entonces mi ley de vida: si algo puede salir mal, saldrá mal. Lloraba sin más, las lágrimas fugitivas de mis ojos corrían a sus anchas por mi cara y me empapaban la almohada, cuando no, la montaña de folios con trabajos a medio hacer, que inundaba mi escritorio.
La agenda, siempre abierta encima de la mesilla, rebosaba de tachones rojos; de advertencias en amarillo chillón; de letras, números y siglas en lápiz; de frases sin sentido bordeando el papel y dibujando el orden más caótico. Y aún con esa esquinita troquelada que estaba deseando quitar. Esos trozos de papel, casi rotos por el peso de la tinta, eran los que más disfrutaban de mi mirada histérica. Eran el refugio de mi nerviosismo, la medicación que me ofrecía un resquicio de tranquilidad; aparte de mis famosas pastillas para la ansiedad. Sí, han vuelto, junto a la hiperventilación.
En realidad, no quería enfrentarme a mí misma. Temía poder topar con algo verdaderamente peor que todo aquel desastre superficial, porque en el fondo sabía que había algo en mi cabeza. Tal vez anhelos, tal vez recuerdos, quizá añoranzas de lo nunca tenido. De todas formas, me encontraba demasiado débil para averiguarlo.
Había perdido, incluso, la escasa confianza en mí, que poco a poco iba logrando. No era capaz, ni siquiera de coger un bolígrafo y escribir una sola frase. Nada valía, todo estaba mal.
Hoy aún queda algo de esa sensación, pero por fin he tenido el valor de sentarme a escribir estas banalidades de altas horas.
Perdonadme, se llama bloqueo emocional.

HB
Marina L.

domingo, 2 de mayo de 2010

IX.


Me costaba enfocar con la vista mi propia letra en el papel. Había estado todo el día delante de la pantalla del ordenador, mirando pero no viendo. Me metí en mi mundo abstracto aunque melancólico. Tan sólo me apetecía escuchar canciones con tonos graves y notas lentas, ver películas sin más efectos especiales que un beso.
Era un típico domingo de esos en los que no haces nada, que está nublado y no te levantas del sofá. Los domingos que mucha gente adora. Para mí son repugnantes. Malgastas un día de tu vida a la semana, que encima es festivo. Nunca lo entenderé.
Odio esos domingos porque, en mi vida, son los días tristes, los días en los que aflora la soledad de una manera que resulta incluso palpable. Son los días de recuerdos, de anhelar lo que fue, lo que perdiste y lo que no tienes. También días de envidia, cuando ves a familias felices vestidas de domingo, a parejas celosas del tiempo, a los novios de la Iglesia.
Pero ya ves, odiaba esos domingos de no hacer nada y ahí estaba yo, creando la hipocresía esclafada en una silla y con los ojos haciendo chiribitas. La verdad es que no tenía fuerzas como para ponerme a actuar, ni si quiera fuerzas para escribir.
Necesitaba llorar, tan sólo quería un día para llorar por nada. Lo necesitaba. Quería dejar mis lágrimas libres, sin dar ninguna explicación. Acurrucarme en la cama entre suspiros. Empapar pañuelos de nostalgias.
Es extraño, lo sé. Pero no puedo explicarlo. Verás, en mi vida hay días amarillos, esos en los que me siento yo, cuando sé que no hay nada más en mí que yo misma; días grises, en los que, como su propio nombre indica, mi vida no es más que una nube gris. También días blancos, que son y no son, esos en que no pasa absolutamente nada ni si quiera por tu cabeza. Y los domingos.

HB
Marina L.

domingo, 25 de abril de 2010

VIII.


Y me encantaba ver como seguían revolcándose en la mierda, en su propio ego y en su propio engaño. Creían que el mundo estaba en su mano, que todos comían a la hora que ellos querían. Ahora te mueres de hambre, luego te doy migas. Eran dueños de todo, dueños de todos. Sí, de toda esa falacia que consideraban su vida.
¿Pensabais que sois los mejores a la hora de manipular, verdad? Porque, claro, nadie se da cuenta de que los estabais engañando como a perros.
Si se tratara de un relato de terror diría que mis ojos estaban inyectados en sangre y que, con cuchillo en mano, me dirigía a asesinar sin pudor a todo aquel que me estorbara. Pero no, en realidad el rencor que nunca se había manifestado, ocupaba ahora el lugar de la sangre; y en vez de un cuchillo como alma letal, tenía un bolígrafo dispuesto a matar con palabras cualquier injusticia, a cualquier injusto más bien; a todos los que se habían creído superiores- sí, superiores en grado de idiotez, diría yo-; los que convirtieron mi vida en la cinta de la caja de un supermercado; y así seguiría, nombrando a más de la decena de miserables que habían pasado por mi vida hasta el momento. ¡Y dios sabe los que quedarían!
Aunque aquella noche ya cerré el pacto de condiciones impuestas a partir de entonces, conmigo misma. Era hora de bajar la barrera, de restringir el paso y ponerle freno a este tráfico de memeces- por no decir mamones, simplemente- que me conducían al borde de la locura más racional. Porque era en estos casos cuando mi “yo” más ecuánime se plantaba ahí, causando una guerra en mi interior. Y me ardía la sangre al pensar que andaban por ahí sueltos, por el mundo como reyes por palacio. ¡Con la de futuras víctimas que no estaban al tanto de sus delitos!
Pero así es la vida, y así va el mundo...supongo.

HB
Marina L.

domingo, 18 de abril de 2010

VII.


La pequeña ingenua había muerto.
Estaba sentada en la cama, con una mano en puño, clavándome las uñas en la palma; y con la otra apretando el bolígrafo contra el papel, cual arma contra cuerpo. La tinta sangraba con rapidez, impulsada por la ira que tenía entre los dientes.
Estaba harta. Harta de todo y de todos. De todos aquellos que violaron a la pequeña ingenua. Pues ahora estaba muerta, ¿y qué? Ya nadie más se aprovecharía de ella.
Llevaba toda la vida escuchando esos comentarios odiosos que, en un principio, te afectan tanto que incluso pueden llegar a variar tu vida. Sin embargo, cuando ya has aprendido a golpes de palo, te das cuenta que esos comentarios son tan absurdos, o menos, que las personas que los han proyectado como si de un misil destructor se tratara. Pues yo ahora vestía un chaleco antibalas por uniforme.
Y ya estaba cansada. Cansada de oírlos y de pasar de ellos. Nunca seré capaz de entender por qué la gente se dedica a criticar a los demás. Parece ser sencillo, pero eso de meterse en la vida ajena para opinar mal- porque nunca oirás una crítica constructiva en uno de esos comentarios- de lo que uno haya hecho o haya dejado de hacer, para mí era lo más incomprensible hasta el momento.
Tal vez mi vida fuese demasiado complicada, más que la de los demás, porque yo ya tenía suficiente con todo el caos que día a día escribía mi biografía. ¡Cómo para preocuparse por las complicaciones de otro!
En todo caso, estaba cansada de encontrar narices ajenas en mis sopas, en cada esquina y hasta en el baño. Mi vida era mía, pero sentía que no podía usarla con libertad. ¿Y qué pasa? que me había creído que todas aquellas personas estaban ahí como escalones en el camino. Pero la pobre ingenua no se dio cuenta de que simplemente eran piedras que lo entorpecían, hasta que murió.
En fin, quizá todo ese rencor tuviera nombre… ¿Envidia tal vez? Puede ser. Sí, creo que así lo llaman.

HB
Marina L.

domingo, 11 de abril de 2010

VI.


Las seis de la mañana. Hacía tan sólo una hora que me había camuflado entre el edredón. Los agudos ronquidos provenientes de la otra habitación perturbaron mi sueño, era imposible dormir. El sol comenzaba a asomarse tímidamente por las ranuras de la persiana y supuse que debía quedar nada para que sonara el despertador.
Cansada de intentar provocar el sueño, no pude evitar ponerme a pensar. Te aseguro que es de lo peor que puedo hacer, no sabes lo peligroso que puede llegar a ser estar en mi cabeza mientras el tráfico de pensamientos fluye, se atasca y se accidenta.
Aquella madrugada, con mil ronquidos como banda sonora, me sorprendí a mí misma. Su imagen estaba fija en mi cabeza, su sonrisa inmóvil y sus ojos clavados en mi sien. No entendía nada. Solamente lo había visto unos minutos y sin embargo, no podía apartar aquel rostro de mi pensamiento. Era todo tan extraño. Lo recordaba como a quien conoces de toda la vida, a la perfección. La sensación de confianza había crecido de forma natural sin esperarlo, y ya notaba la ilusión en la punta de los dedos de los pies, corriendo hacia arriba a una velocidad de escándalo.
¿Quién era? Un chico andaluz. Unos ojos azul océano, con un brillo único que llamó mi atención y me hipnotizó de tal forma que no podía dejar de encontrarme con ellos. Una sonrisa bonita, sincera, tímida, que creaba ese clima de confidencialidad. A parte de eso, no…no sabía quién era.
Estaba totalmente loca. Me había obsesionado con alguien que sólo había visto a través de la ventana. Es cierto que hablé con él unos segundos, o tal vez unos minutos, y eso fue lo que abrió la puerta a mi imaginación. No, yo no creía en el amor a primera vista. Únicamente era atracción seguida de obsesión.
Me preguntaba si habría actuado bien poniéndole trabas en su acercamiento a mí. Quizá había sido demasiado borde. Quizá si hubiera llegado a serlo menos, ni se hubiera esforzado en hablarme. Quién sabe. Otra vez el famoso pulso cabeza vs corazón volvía a las andadas, aunque bueno, últimamente siempre estaba presente.
Pensé buscarlo, quedarme horas en la ventana por si volvía a pasar. Gracias a dios, el pipi pi del despertador hizo sonar en mi cabeza un resquicio de cordura. En todo caso, lo mejor sería olvidar.

HB
Marina L.
 

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